domingo, 6 de marzo de 2016

Releyendo "El Quijote"





Leí El Quijote (1605-1615) con quince años, y recuerdo lo mucho que me gustó. Me sentía a mis anchas en sus páginas. Por aquel entonces, me acuerdo de aquel verano, pensé que yo podría ser un gran escritor. Me pasé todo el verano escribiendo. Un par de novelas cortas, tecleadas a toda prisa, y algún relato. Las recuerdo horribles. Acabaron en el fuego, donde el gusano nunca muere. Bueno, Cervantes se destapó como escritor inmortal ya casi anciano, desdentado y con su barba rubia totalmente cana.

Guardo recuerdos algo neblinosos de mi paso por el instituto. No consigo evocar si nos obligaron a leerla en algún curso. Debería ser lectura obligatoria, impartida por alguien que supiese bien de qué va. Por entonces tenía a mi alcance la breve y amena Introducción al Quijote (1969) de Martín de Riquer, antiguo combatiente requeté y gran sabio del "erial cultural" de la España franquista. Un texto mucho más atiborrado de datos es el Diccionario del Quijote (1999) de César Vidal. Lo mejor es siempre una buena edición, con abundantes pies de página para que el lector no pierda datos interesantes.

Comencé a releer la magna doble novela cervantina hace unas semanas, aprovechando unos minutos aquí y otros allá porque yo no soy rentista como Alonso Quijano, yo tengo obligaciones laborales y de otra índole, no puedo pasarme "las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio" leyendo como él. Y el placer de su lectura vuelve a mí multiplicado. Es una novela plenamente moderna, entendiendo lo moderno como aquello que no se pliega al discurso predominante de su época sino que apela a lectores despiertos y venideros. No es novedoso en ese aspecto: ahí están La Celestina, La lozana andaluza y el Lazarillo de Tormes como obras ya muy modernas. Pero también lo es por su peculiar enfoque. De un hidalgo llamado Quijada, Quesada, Quejana o finalmente Alonso Quijano nace un personaje con algo de arquetípico, el ingenioso Don Quijote, un personaje que de manera clara e insistente está llamando a un escritor, está buscando una pluma que narre sus aventuras. Don Quijote interpela al infinito, esperando una respuesta en forma de historiador solícito y concienzudo que deje plasmadas las andanzas que tiene pensado acometer.

Ese autor es Cervantes, claro, que se cuela en la ficción cual buscador de documentos. Recordemos que la acción de la novela se interrumpe varias veces (como la inclusión de segundas tramas e incluso de una novella entera sin relación con el argumento principal), debiéndose una de las interrupciones a que Cervantes-narrador afirma haberse quedado sin más documentación sobre Don Quijote -la de los fantasiosos Anales de la Mancha-, documentación que consigue con mucha suerte en Toledo y que había sido recopilada por un magrebí llamado Cide Hamete Benengeli ("berenjena"). Ese rasgo rupturista de modernidad está muy bien, y sirve de paso para burlarse de recursos parecidos de los libros de caballerías, pero .... ¿y cuando Don Quijote ya es Don Quijote y va imaginándose la narración de sus hazañas, que empiezan con "Apenas había el rubicundo Apolo ....", qué historiador fue testigo de tales invenciones quijotescas? Esos giros de perspectiva narrativa hacen de la novela cervantina algo aún más fresco y moderno.

Porque ¿está loco Don Quijote, o se lo hace? Torrente Ballester se apuntó a esa idea en El Quijote como juego y otros trabajos críticos (1975), y su punto de razón no le faltaba. Que el mismo Don Quijote invente nombres hilarantes y absurdos podría demostrar que no está imbuido de su presunta locura sino que mantiene una distancia humorística respecto de ella. ¿Cómo se va a tomar en serio a un gigante llamado Caraculiambro? Bien, pudiera ser un recurso chistoso de Cervantes. Pero ¿por qué Don Quijote busca una venta, dado que tiene hambre, reconoce una, se dirige allí y sólo después la empieza a imaginar como un castillo?

Hay un momento en que Don Quijote revela su ficción a Sancho Panza (ese personaje genial, que a pesar de ser en principio un retrato-robot que contraste con el idealista hidalgo se revela humanísimo y entrañable): Dulcinea es Aldonza Lorenzo, una labradora de la misma extracción social que Sancho. Don Quijote reconoce que la ha reconstruido según su ideología caballeresca. Sin embargo, cuando más adelante Sancho finja haberle entregado a Aldonza una carta de Don Quijote, éste ha borrado a la campesina de su mente, en la que sólo existe ya Dulcinea.

La segunda parte es algo distinta. Más sabia y reposada, introduce el matiz de que son otros los que incitan a Don Quijote al engaño y a la locura, terceras personas que a pesar de su estatus social -los "duques"- hacen gala de una gran bajeza. Cervantes, con su carga de crítica social, pulveriza así la fantasía de la limpieza de sangre como sostén de España.


Pero sería bonito creer que Don Quijote y Sancho volaron de verdad sobre los duros lomos de Clavileño. Autor: Gustave Doré.


Sea como fuere, la lectura que ofrece la novela me parece muy actual. No lo sería, obviamente, por centrar sus burlas en el género literario de caballería, dado que por la misma época de Cervantes ya estaba bastante pasado de moda, sino por las consideraciones que se pueden extraer para el momento histórico que nos toca vivir. Mi tesis es que Don Quijote es un progresista. Veamos.


-Alonso Quijano / Don Quijote es un intelectual orgánico.

Es intelectual porque decide conocer el mundo a través del cultivo del intelecto, en vez de la formación integral como persona. El personaje sólo conoce su pequeño mundo de hidalgo, las paredes de su hacienda. Esa ignorancia del ancho y gran mundo es suplida -teóricamente suplida- por muchas y profusas lecturas desordenadas.

Por ello, Alonso llega a la mediana edad íntimamente convencido de que no ha vivido. No se afirma expresamente, pero el lector atento llega a esa conclusión. Ni siquiera intentó aproximarse a la campesina Aldonza, quien no llegó a enterarse de la devoción que sentía el hidalgo por ella. La vida se le escapa a Alonso Quijano, se le escurre de las manos sin haber hecho nada con ella, nada productivo, nada trascendente, conclusión ante la cual recurre a una respuesta marcada por la urgencia -tiene que salir, ya, a desfacer entuertos- y por la negación de la realidad. Al ser un intelectual devoralibros y no un guerrero plenamente formado en todas las posibilidades que da nuestra naturaleza, no tiene fortaleza física ni artes bélicas ni siquiera vigor juvenil. Todas esas carencias las suple dándolas por supuestas, creyendo que efectivamente las tiene y que es capaz de anonadar, por la fuerza de su brazo, a los más desaforados gigantes.

Es orgánico porque pertenece a una clase social sistémica en la España de entonces, la de los hidalgos. Muy abundantes en el norte peninsular (los vascos eran por decisión real todos ellos hidalgos: "hidalguía universal") y por ello muy difuminadas sus diferencias con el pueblo llano, en la mitad sur del país eran casta aparte. La mayoría eran como Quijano, rentistas. Pero, según el sistema de limpieza de sangre en que se basaba la sociedad española, eran considerados cruciales y eso a pesar de que no trabajaban ni muchos de ellos pagaban impuestos. Al tiempo de la redacción de la primera parte de la novela, la mayor parte de la recaudación de la Corona provenía de los trabajadores moriscos -a punto de ser expulsados- y de las regalías por el tráfico de esclavos. Ese sistema, cómo no, amenazaba desastre. Un desastre que se concretó con la total decadencia de España.

Y sin embargo, a pesar de no haber trabajado en su vida, Quijano está en condiciones de dárselas de defensor de los humildes, de los que laboran con sus manos, de los que realmente sostienen al país con su esfuerzo personal. Y ello en base a los libros que ha leído, no a las interacciones que ha tenido con la realidad ni a los callos que le han salido afanándose ni a las épocas de escasez. De hecho, Quijano come bien. Su dieta es altamente proteica en un país cuya clase llana bien escasas posibilidades tiene de obtener proteína abundante. Sólo se obliga a sí mismo a guardar cierta sobriedad culinaria los viernes, comiendo lentejas.

¿Os suena familiar este perfil humano?


-Su inspiración son libros obsoletos e irreales.

Téngase en cuenta que la Biblia del progresismo siempre ha sido  El Capital de Marx en sus sucesivas ediciones, al menos de boquilla porque no es seguro que la mayoría de los progres lo haya leído. Se le pueden añadir libros de Proudhon, Gramsci, Fanon, Marcuse, Adorno, Debray, Dorfman & Mattelart, Cohn-Bendit, Galeano y hasta de Wilhelm Reich y Ernesto Guevara.

Esos libros tienen con la realidad y con la solución de los problemas sociales más o menos la misma relación que los intragables tochos de caballerías. Quien pretende un análisis lúcido y objetivo de las cosas desde su cómodo escritorio sin llegar a interactuar con el plano de una realidad tozuda y difícil de sobornar, llegará a conclusiones disparatadas cuya puesta en práctica por fortuna casi nunca sucede pero, cuando por una serie de causas -incluido el plácet de las clases altas, como los Duques: eso recuerda la cancha que dieron las televisiones al podemismo estos últimos años, algo que guarda reminiscencias de esa frívola campechanía de los aristócratas que burlan a Don Quijote y Sancho- llega a practicarse, el resultado es el marasmo social a la venezolana.


Extraordinario grabado de Doré para la edición italiana de 1888. Recuerda a algunos intelectuales sabihondos que no han puesto el pie en la calle nunca.


-Don Quijote es un utopista.

Ejemplo excepcional es su delicioso discurso sobre la edad dorada, hábil juego cervantino a la hora de enunciar una utopía para sutilmente criticarla. Don Quijote acumula tópico tras tópico: veneración a la Madre Tierra, adanismo paleolítico, comunismo de todos los bienes, relaciones de pareja ideales sin necesidad de engorrosos convencionalismos sociales, bondad generalizada de la Naturaleza .... Nuestra edad sería de hierro, una humanidad caída, que necesitaría salvadores, gente que sabe lo que nos conviene (mucho mejor que nosotros mismos, pobres bobos). En el caso de Don Quijote, esa gente son los caballeros andantes, gente como él. En el caso del progresismo serían los intelectuales orgánicos, gente como los propios progres.


-Pero, además, Don Quijote es un ludista.

Otro discurso, el de las armas y las letras, apuntala esa característica suya. El inventor de la artillería debería arder en el infierno por haber puesto al alcance de cualquier mano cobarde pero capaz de apretar un gatillo la muerte rápida y fulminante de un recio caballero que no merecería morir así. Ese ludismo aparece también en el discurso sobre la edad dorada, en el cual hasta la invención del arado parece algo malo. 

Pero donde más se nota, no de palabra sino de obra, es en el episodio de los molinos de viento. Ahora nos parecen elementos tradicionales del paisaje manchego, y ciertamente lo son tras el paso de los siglos. Pero para cuando Cervantes redactaba su novela eran innovaciones relativamente recientes que habían llegado a La Mancha hacía unas pocas décadas, algo así como Internet para nosotros. En el gesto de Don Quijote hay algo más que locura, hay algo más que idealismo: es el rechazo a un mundo que se va haciendo cada vez más complejo y que no para de acumular novedades que para una persona de mediana edad por entonces -lo que supondría casi ser un anciano- eran difíciles de encajar en su forma de ver la vida, ya algo fosilizada por la costumbre y el paso del tiempo. Don Quijote no quiere perder su sitio en un mundo que como Alonso Quijano no llegó a paladear, por lo que recurre a ficciones del pasado -los novelones de caballería- para intentar desbaratar el futuro -los molinos-. Sin éxito.


-Don Quijote defiende la irresponsabilidad

Téngase en cuenta que Don Quijote no se considera nunca responsable de sus malas decisiones, de sus disparates, de sus majaderías. Siempre hay un deus ex machina que le sirve para justificar sus fracasos. Algún sabio envidioso de su gloria, como Frestón, lanza su hechizo para que los esfuerzos del ingenioso hidalgo se tuerzan. 

Eso recuerda mucho a las justificaciones que todos los progresistas del mundo han dado de sus propias torpezas. Los progresistas, siempre que están en la oposición, afirman vehementemente tener la solución para todo, las llaves de la prosperidad, la luz que nos guiará por el sendero correcto. Pero, cuando llegan al poder y organizan una desfeita, alegan que son bisoños todavía y que han sido engañados o torpedeados por una conspiración urdida por el Poder en la Sombra. Si tienen mala imagen, es culpa de la prensa libre, que conspira contra ellos. De ahí a querer amordazarla va un paso, que ya se ha dado unas cuantas veces. Si su política económica lleva a la catástrofe, es que los poderes fácticos han conspirado para que los planes progresistas fracasen. No pasan de recurrir a lo mismo que recurría Don Quijote, al chivo expiatorio.

Pero donde más destaca ese fomento de la irresponsabilidad es en el episodio de los galeotes. La navegación en el Mediterráneo es muy de calma chicha, con poco viento, por lo que hasta tiempos tan tardíos como el siglo XVII había galeras surcando ese mar. Bueno, pues Don Quijote y Sancho consiguen liberar a una cuerda de presos justificándolo en la peregrina idea quijotesca de que esos presos van contra su voluntad y que ningún humano puede juzgarles, sino Dios. Los galeotes liberados agradecerán a sus chiflados emancipadores tan noble gesto tundiéndoles a pedradas. Don Quijote, dirigiéndose con Sancho a Sierra Morena para escapar de la Santa Hermandad (la policía de la época, organizada primeramente por los concejos e institucionalizada después por Isabel la Católica, sobre todo para asegurar las rutas -viajeros, mercancías- y perseguir criminales), le dice que hacer bien a villanos es como echar agua al mar. Eso recuerda las palabras de un progre de otra época, el genocida Simón Bolívar, cuando al final de su carrera política afirmaba que todos sus esfuerzos habían sido como arar en el mar. También trae a la mente lo reacio que es Don Quijote a la idea de trabajo (forzado en este caso, pero trabajo).

La compasión progre por la delincuencia (por algún motivo en el que ahora no voy a entrar, parece que el hampa despierta bastante fascinación entre sectores progres, que incluso copian la jerga, los tatuajes y otros rasgos de los hampones), siempre y cuando no sea delincuencia "facha", parece prefigurada en el pasaje de los galeotes. Estoy seguro, muchos de ellos -si han llegado a esa altura de la novela- se habrán entusiasmado con él.


-Don Quijote tiene una visión irreal de la mujer.

Esa mujer a la que el hidalgo sedicente enamorado no existe en la realidad. Él sabe que existen mujeres reales en el mundo real, pero parece que no le gustan. No le dejan satisfecho. Es más, se diría que no acepta que la mujer que le atraía, la tal Aldonza Lorenzo, lo hiciera por ser como era, una labriega seguramente tosca y membruda, de manera que la transfigura artificiosamente en Dulcinea, construyéndola y haciendo de ella una especie de californiana muñeca Barbie de la época, tan bella y estilizada como indiferente así como detentadora de un fuerte estatus económico que no se sabe de dónde ha venido ni cómo se lo ha ganado. Y le dedica un lenguaje críptico y desusado, un tipo de expresión que Aldonza no sólo no entendería sino que le causaría risa. 

Esa Dulcinea no sólo vive en un marco lujoso que indica un nivel de ingresos del que no se nos dice nada ni quién ha trabajado para procurárselo, sino que además es doncella perpetua. Don Quijote le niega carnalidad a la mujer. Le niega, de entrada, maternidad. Para Don Quijote la mujer perfecta debe vivir en una burbuja de misterioso poder adquisitivo y sin tener descendencia, dedicándose todo el tiempo a ser bella y elegante como cualquier socialité de medio pelo.


-Don Quijote es anumérico.

En su primer entuerto como sedicente caballero andante, encuentra a un pobre muchacho llamado Andrés, atado a un árbol, siendo azotado por su amo, Juan Haldudo el rico, porque el chaval le pierde cabezas de ganado según parece para resarcirse de los jornales que su amo le debe. Don Quijote, lanza en ristre, hace que Haldudo libere a Andrés y le abone su deuda: nueve meses, a siete reales cada mes. Don Quijote calcula la multiplicación en .... setenta y tres reales. Imposible que a Cervantes, antiguo contable, se le hubiera escapado ese gazapo. ¿Era deliberado?

Ese absurdo error aritmético recuerda no poco a las fantasiosas cuentas que los progres hacen, prometiendo el oro y el moro cuando lleguen al poder, anunciando un aumento impresionante del gasto público acompañado de bajadas de impuestos, etc. No explican cómo. Se limitan a llamarlo "políticas expansivas". Téngase en cuenta que la mayoría de los progres, al igual que Quijano, son gente de letras, con tortuosa relación con el mundo de los números. No es extraño que consigan votos en un mundo anumerizado como el nuestro -quien haya leído el delicioso Innumeracy (1988) de John Allen Paulos lo entenderá bien-, caracterizado por el empleo sesgado y oscuro de los datos con objetivos electorales.




-Don Quijote odia las fuentes de riqueza propias de una sociedad industrial.

Su idea de riqueza, como rentista, es mágica y vaporosa, con algo de capricho. Esa riqueza no es consecuencia del trabajo duro, la previsión y las instituciones estables sino que proviene de no se sabe dónde, y puede dejar de fluir como por encantamiento, igualmente de manera caprichosa. 

Por ello Don Quijote demoniza todos los signos de laboriosidad humana. Los molinos de viento, sí, pero también los mazos de batán (que le aterran), los rebaños de ovejas, los odres llenos de vino, las caravanas de mercaderes .... En el caso de los batanes, no puede verlos porque es de noche, por lo cual se limita a que le den miedo. Pero todo aquello que puede ver y que implica laboriosidad honrada es transformado por su progre magín en huestes belicosas, jayanes u ogros. Don Quijote, al igual que la progresía, no entiende de dónde viene la riqueza pero sí sabe muy bien cómo destruirla. De manera absolutamente altruista, luchando contra presuntos monstruos, faltaría más.

Es habitual que los partidos progres tengan como ambición "salirse del euro", es decir, volver a controlar la divisa nacional a la que poder inflacionar mediante la emisión incontrolada de dinero con los parabienes de un banco central férreamente politizado, un dinero con el cual se acometerían las prometidas reformas populares. Esa emisión de dinero no equivale a riqueza en la realidad, pero desde un punto de vista superficial es como si se estuviera creando auténtica riqueza, que tendría por tanto un origen mágico, viniendo no del trabajo sino del abracadabra de un funcionario-hechicero (con traje y corbata en vez de plumas y abalorios).


-Don Quijote engatusa al pueblo llano con fantásticas promesas.

No sólo el ingenioso hidalgo se muestra molestamente paternalista y erudito al relacionarse con gentes de extracción popular, como en el episodio de los cabreros, sino que además promete cosas que no puede dar. Ése es el caso de la llamada Ínsula Barataria, una gobernación que entregará a Sancho en pago de sus desvelos sirviéndole. Tal ínsula ni siquiera existe en la realidad. Es recreada ex profeso por las fuerzas vivas, los Duques, que se aprovechan de esa curiosa relación de dependencia interesada con un punto de embeleso entre el falso caballero y el falso escudero para explotarla, en este caso por mero ludibrio.

Ese embeleso hace que Sancho-pueblo siga a Don Quijote-mesías progre a lo largo de cientos de páginas de idas y venidas, desengaños, palizas y burlas, reclamándole continuamente que le entregue esa prometida ínsula que, como es obvio, el mesías progre no está en condiciones de entregarle. Cuando finalmente consigue la gobernación de esa ínsula, se trata de una mera escenificación que, además, deja mal sabor de boca a Sancho.


-Don Quijote es un falso "eterno perdedor".

Se ha cultivado el mito romántico de que Don Quijote siempre pierde sus batallas, algo que es radicalmente falso pues gana unas cuantas de ellas, en consonancia con el romanticismo de hermosos perdedores que los progres han sabido explotar durante décadas, cuando lo cierto es que llevan todo un siglo tocando poder, con los resultados que cualquier aficionado a la historia conoce y podría predecir.

Ésa es una de las claves del éxito del progresismo en el alma de las gentes. Gracias a ese mito el progresismo siempre puede presumir de eterna promesa, de que no ha podido demostrar en el plano de la realidad todo aquello que promete y que es teóricamente capaz de cumplir, cuando lo cierto es que ha estado en el poder y la ha liado parda en numerosas ocasiones. De ahí la importancia del factor amnesia en el pueblo y de controlar los resortes culturales de un país para seguir manteniendo esa amnesia que permita al progresismo seguir presentándose como la prístina y mesiánica solución a todo.


-Don Quijote no ataca el verdadero problema.

Es cierto que el ingenioso hidalgo imparte justicia de cuando en vez. Es el caso, al principio de sus andanzas, de su auxilio del pobre Andrés, consiguiendo que Juan Haldudo no sólo le suelte sino que se comprometa a abonarle los atrasos. Pero al irse Don Quijote de allí la justicia que ha impartido se desvanece: Juan apresa de nuevo a Andrés y lo azota hasta dejarle como muerto. Esa justicia, por lo fugaz de su carácter coactivo, acaba por no ser justicia ni ser nada.

Curiosamente, en la segunda parte de la novela yendo hacia Barcelona, Don Quijote y Sancho se topan con una partida de bandoleros capitaneada por Roque Guinart. Este personaje existió en realidad, se llamaba Perot Rocaguinarda y fue un muy sonado bandolero de la época, que favorecía la causa de la bandería política de los nyerros en Cataluña, enfrentados a los cadells. Al tiempo que se redactaba esta segunda parte, Rocaguinarda había conseguido el indulto real a cambio de servir en los Tercios (a los que había afluido mucha gente catalana: dado que apenas sabían expresarse en castellano, los flamencos les llamaban "los valones de España").

Don Quijote no puede ocultar su fascinación hacia ese jefe de bandoleros, al que ve adornado con ciertos rasgos robinhoodescos y cierta caballerosa gallardía. Lo que Don Quijote no puede o no quiere ver es la realidad de que entonces el bandolerismo catalán era un cáncer social, que no sólo dividía la propia sociedad catalana sino que además jugaba en contra de la riqueza global del país, haciendo las rutas comerciales muy inseguras y desaconsejables, expoliando considerables riquezas que eran muy necesarias (otro bandolero catalán, Pere Barba, asaltó y robó un cargamento entero de plata de América, con la posible complicidad de autoridades y notables de Barcelona).

El progresismo podemita, al igual que Don Quijote, parece no darse cuenta de la división de la sociedad catalana así como de la estructura de expolio que allí se ha establecido. Lo único que se les ocurre es apelar a una solución romántica -en el caso actual sería el famoso referéndum de autodeterminación que exigían a Pedro Sánchez en plan trágala- que a saber qué trasfondo interesado tendrá.


-Progresismo y cristianismo son incompatibles como lo son Don Quijote y Alonso Quijano el Bueno.

El factor religioso en boca de Don Quijote suena a formulario, como cualquier otro arbitrista de la época, y esconde lecturas insospechadas si se lee con la debida profundidad. Si recordamos el pasaje de los molinos de viento, veremos que dice que es "gran servicio de Dios" genocidar a los gigantes de la faz de la Tierra. Sin embargo, no es a Dios ni a Cristo ni a la Virgen a quienes se encomienda cuando acomete a los molinos. Se encomienda a Dulcinea, no sólo por ser la mujer que ama, sino además para obtener ayuda de ella. Es decir, Don Quijote interpreta a Dulcinea como una diosa, ninfa o pitonisa del paganismo, solicitándole que le socorra mágicamente. Eso no tiene nada de cristiano.

Cuando viajan al Toboso y llegan de noche sin ver tres en un burro, chocan con el edificio de la iglesia. Si Don Quijote fuese tan piadosamente cristiano, eso le inspiraría algo más sentido que el seco "con la iglesia hemos dado, Sancho". Téngase en cuenta que en los pueblos la iglesia está en el centro urbano, de tal manera que lo normal es llegar a ella callejeando. Pero Don Quijote ni busca una iglesia ni le interesa en absoluto encontrarla. Él busca un castillo. Él busca un edificio de poder secular.

Un cura es el principal encargado de censurar la biblioteca quijotesca. Es un eclesiástico el que se niega a soportar las locuras de Don Quijote durante la farsa de los Duques, abandonando temporalmente su palacio. Por lo general, el factor religioso tradicional parece estorbar al caballero andante, que parece bastarse por sí mismo para arreglarlo todo. Pero es al final cuando, cerca de morir, Alonso Quijano abomina de su alter ego y, según hace fervorosa profesión de cristiano, se declara enemigo de Amadís y demás necias invenciones. 




Queda claro por qué, década y pico atrás, con motivo del quinto centenario de la novela el aún jefe de la oposición Rodríguez Zapatero insistía tanto en los fastos que se debían celebrar con motivo de la efemérides. Ahora se entiende un poco mejor. Un progre honrando a otro progre. No entendió que la inmortal novela es una antiutopía y una condena cristianísima contra el progresismo andante. Ni lo entenderá.



12 comentarios:

  1. Que boa ocorrencia tiveches! Endexamais ocorréraseme pensar que o Quixote é un exemplo de progresismo. Mas, xa non me lembro si don Quixote era un home relixioso. Fai moito tempo desde que eu lin o libro! Dese xeito, si ele non fose, a semellanzaa cós progresistas actuales sería definitiva.

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    1. Contesto en castellano por los demás lectores ;-) pero también porque se trata del clásico por excelencia de las letras castellanas. Sí era religioso, pero se encomendaba a Dulcinea, que es como quien se encomienda a Palas Atenea o algo así. En buena medida, Don Quijote en sus andanzas está desvinculado de la divinidad, al contrario de cuando agoniza como Alonso Quijano. Don Quijote ve al caballero andante como un superhombre nietzscheano o casi. El factor locura es importante.

      Las alusiones a Dios como Don Quijote son formularias. Como Alonso Quijano, son centrales en su filosofía vital. Pero si se quisiera ver el caballerismo andante como una forma de ser cristiano, se trataría de un cristianismo deformado, de igual manera que parte de las consignas progres provienen de consignas cristianas también deformadas, sacadas de contexto y de lógica.

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  2. Ayn Rand detestaba "Don Quijote". Quizá por tus simpatías por los neocon tú también. Mira que llamar progre a Cervantes... No es que en la obra el autor tuviese una buena opinión de las otras razas precisamente.

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    1. No sabía eso de Ayn Rand. Otro ruso, Nabokov, también le metía mucha caña a la novela, decía que no era tan genial ni mucho menos. Son famosos sus cursos en Harvard sobre ella.

      No pretendo decir que Cervantes sea progre, sino su creación quijotesca, cuya locura y limitación el propio creador subraya. Cervantes, muy al contrario que Don Quijote, sí ha vivido y mucho, con gran intensidad: batallas de verdad (nada menos que Lepanto), amores de verdad (dejó un hijo en Italia al que en su vejez echó mucho de menos, y parece ser que tenía una hija natural, suya o quizá de una de sus hermanas) y el cautiverio de verdad, por más de una vez.

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  3. Nunca e leído la obra, pero supongo que mala no debe ser, no por nada el reconocimiento que tiene.

    Igual la leeré para tener mi opinion sobre ella.

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    1. Si tienes claro por qué quieres leerla, lo haces con una buena edición que tenga buena info en notas, etc, y le dedicas un rato cada día, te sorprenderías de lo pronto que la acabas y de lo bien que la asimilas.

      Es el valor de la perseverancia. Si ahorras algo cada día, acabas millonario. Si haces pesas, calistenia y buena dieta un año luces en verano un tipazo. Si redactas algo cada día, tienes un tremendo blog. Si lees cada día, con profundidad, con atención, eres un aprendiz de sabio.

      ¡Salud!

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  4. Hombre Lupa, es completamente anacrónico que llames progre a un personaje de una novela publicada en 1605 cuando los primeros progres surgieron en el s. XVIII.

    La industrialización está totalmente ligada al "mito del Progreso", criticado magistralmente por Juan Manuel de Prada en el artículo homónimo. La oposición a la industrialización y la aparición de movimientos como el ludismo no son progresistas sino todo lo contrario. Otro ejemplo sería el carlismo.

    Ese culto a la laboriosidad que alabas es de raíz totalmente moderna, la ética protestante del trabajo, especialmente la calvinista.

    Dices que "ese absurdo error aritmético recuerda no poco a las fantasiosas cuentas que los progres hacen, prometiendo el oro y el moro cuando lleguen al poder". Eso mismo se podría aplicar a los neoliberales que con su pensamiento único y sus medidas tan "sensatas" y "de sentido común" durante los años 90 y 00 nos han llevado a donde estamos ahora, con sus portavoces como Jiménez Losantos y similares prometiendo que "alquilar es tirar el dinero" o "los pisos nunca bajan", y concediendo créditos a todo quisque. Es por ello que hay un enorme trasvase de votos del PP a Podemos, porque la gente no ha aprendido nada de la crisis y quiere volver a lo de antes.

    Y salirse del euro no sólo lo promueven progres e izquierdistas sino también partidos del lado opuesto del espectro político.

    Don Quijote representa el verdadero carácter hispánico y sus odiadores como Ayn Rand el espíritu protestante antiespañol representado por instituciones como el Banco Mundial, el FMI o la UE.

    Creo que al igual que los neocon abusas del término "progre", calificando de progre todo lo que no te gusta, al igual que Jiménez Losantos, el mismo que apoya a C's, un partido que defiende el aborto o el adoctrinamiento LGTB en los niños. Al respecto te recomiendo el artículo de Juan Manuel de Prada "Los amigos de la libertad".

    Leyendo tu blog me parece que te adscribes a la ideología neoliberal o neoconservadora, ¿estoy en lo cierto?

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  5. Tal vez te parezca anacrónica la denominación, un abuso lingüístico por mi parte, pero las claves progres ya están en el personaje quijotesco, así como la distancia que Cervantes siente hacia ellas. En realidad los progres como tales ya existen en el Medievo europeo aunque no se llamaban así.

    Sobre progresismo y técnica. Los hippies son progres de manual, pero detestaban el sistema industrializado y la sociedad de consumo. Sin embargo, estaban a la última en tecnología con por ejemplo los discos de vinilo y las motos. Es distinta la tecnología visible de la era industrial, en la que cifraba sus esperanzas el progresismo de la época, de la tecnología invisible de hoy. Como decía Clarke, toda tecnología lo bastante avanzada es indistinguible de la magia. Eso es lo que ocurre en el progresismo de hoy, que vive entre aparatos mágicos (smartphones, ordenadores) cuyos engranajes y resortes no ve, cuya fabricación -en maquilas de otros países- tampoco ve, cuyos obreros no ve -como mucho ve a programadores o a comerciales- y cuyo funcionamiento no entiende. Encender un aparatejo y que aparezca alguien hablando o cantando es algo que nuestro cerebro toma por mágico. En ese estadio nos encontramos. El progresismo actual es teóricamente anti-industrial (eso tan feo se ha llevado a Estasia y otras regiones) pero depende emocionalmente de cachivaches mágicos, igual que Don Quijote dependía de yelmos prodigiosos y de bálsamos infalibles sin que -al igual que un hipster con una tablet- sepa de dónde les viene el poder. Por eso puede permitirse ser adanista.

    Un progresista del XIX pensaba que las fábricas nos llevarían al Paraíso. Un progresista del XXI no quiere ni oír hablar de fábricas, sólo quiere relacionarse con los suyos, gente de manos blandas, y cifra la llegada al Paraíso en la magia de Silicon Valley. Steve Jobs es para ellos lo que Amadís para Don Quijote.

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  6. Creo en el trabajo duro. Al contrario que los ídolos paganos, las echadoras de cartas, los politicastros, los creadores de tendencias, los "videntes africanos" y gente así, el trabajo duro cumple lo que promete. Por eso lo respeto y lo reverencio.

    La ética del trabajo hunde raíces en los mismos escritos de Pablo, así como en la regla de san Benito. Incluso en el Génesis. Cuando disponga de más tiempo quisiera puntualizar algunas otras cosas. ¡Salud!

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  7. No estoy de acuerdo con la idea central del artículo, y trataré de aportar algunos contraejemplos para refutarlo. Aquí van algunas reflexiones a vuelapluma:

    Al margen del cuidado con proyectar retrospectivamente categorías contemporáneas, hay unos cuantos detalles de la obra cumbre de las letras castellanas que a mi juicio pasas por alto en tu exposición. Don Quijote (seguro que te acuerdas) invoca en la novela el mito de las cinco edades, el cual, si no me equivoco, tiene su formulación más antigua en "Los trabajos y los días" de Hesíodo. El mito de las cinco edades habla de la caída de la humanidad, de su paulatina degeneración. ¿Qué puede haber más opuesto que esto al espíritu progre? De hecho, el mito de la caída se popularizó en la edad contemporánea como respuesta al optimismo desaforado e ingenuo típico de la ilustración. Don Quijote no cree en el progreso de la humanidad según leyes invariables.

    Hay otro pasaje de la obra muy interesante que viene a desmentir tu postura. Don Quijote, después de sustituir el casco de su armadura por una bacía de barbero que en su delirio confunde con el legendario Yelmo de Mambrino, entra en una taberna acompañado de Sancho. Pues bien, allí hay un hombre que se empieza a mofar de él porque lleva en la cabeza una bacía de barbero. Don Quijote le responde que lo que lleva en la cabeza no es una bacía de barbero, sino un yelmo de oro. Pero el rudo aldeano no se da por vencido y se inicia una discusión a voces. En ese momento, Sancho, acobardado, dice que el objeto de la disputa no es una bacía ni un yelmo, sino un "baciyelmo", a lo que Don Quijote responde más o menos así (cito de memoria): "No, Sancho. Bien es yelmo o bien es bacía, pero los baciyelmos no existen". Pues bien, ¿qué mejor expresión de la corrección política imperante hoy en día con su uso encubridor y mistificador del lenguaje que esa ocurrencia de Sancho que se inventa cosas que no existen sólo para evitar una pelea?

    Como anécdota, ahí está prefigurada la noción del significado como uso de Ludwig Wittgenstein, puesto que hay un momento en el que Don Quijote responde: "Es un yelmo, puesto que yo lo uso como yelmo".

    Hay más cosas que se pueden decir. Don Quijote, por ejemplo, deposita toda su confianza en la palabra y recela de los códigos y contratos escritos. Ahí tenéis el pasaje en el que se encuentra con el infame Juan Aldudo, el "rico", como le apoda Cervantes con muy mala uva.

    También hay que destacar el pasaje en el que Don Quijote sale de la casa de los duques (esa especie de estado del bienestar paradisíaco en el que vive en una ficción pero le tratan a cuerpo de rey) y pronuncia quizá el más hermoso elogio de la libertad de la historia de la literatura (cito de memoria): "La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos. Con ella no pueden compararse los tesoros que el mar encierra y la tierra encubre".

    Espero haber aportado algo con esta intervención. En todo caso, soy seguidor antiguo del blog y celebro que te haya dado por el Quijote.

    Un saludo
    Sueve

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  8. Es un mundo perfectamente ordenado lo que buscan. Una utopia. Sin "quijotes" no hay sustancia, ni condimento.

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  9. Sueve, te agradezco tanto tu intervención como tu interés por el blog. Puedo estar vagamente de acuerdo contigo en el tema de las edades (aunque en los últimos tiempos los progres se están abonando también a la idea de la "caída", según lo cual hay que regresar a un tiempo pretérito, el Dorado Zapaterismo, en que la sanidad, la educación, los servicios sociales blablablá blablablá) y, cómo no, en el de la libertad. Lo que pasa es que Don Quijote es hombre de "bonísimo entendimiento" en general, un hombre cultivado y agudo, hasta que le tocan el tema de la caballería y todo eso. Con los progres pasa igual, en lo no tocante a su progresía pueden ser muy buena gente y excelentes razonadores, hasta que les hablas de molinos y ven gigantes.

    El progresismo ilustrado no tenía interés en el mito de la Caída; ahora bien, el progresismo actual es intelectualmente hablando muy inferior a aquél, es emotivo e infantil, y tarde o temprano acabará aferrándose a la Caída como explicación a todo. Ya están empezando, con su mitificación del zapaterismo. Un día pasarán el Rubicón y empezarán a reivindicar el tardofranquismo. Palpita en ellos el afán de volver al cálido seno materno, lejos de un mercado abierto severo y paternal, que exige más que da.

    Lo del baciyelmo, honradamente, no me convence ;-)

    Más que confianza en la palabra dada, en el pasaje del pobre Andrés y del rico, yo veo voluntarismo buenista condenado al fracaso. La fidelidad a la palabra dada no es un valor en abstracto, que uno pueda conjugar con el primero que pasa, sino con alguien de similar clase, o de similares valores, o de similares responsabilidades sociales. Creer que otro del que nada se sabe se ajustará a lo prometido porque su interlocutor lo hará demuestra que Don Quijote tiene mucha tontería.

    Entre camaradas patriotas, la palabra debería ser sagrada. Pero no esperes reciprocidad en eso con otra gente. ¡Salud!

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